Baltasar Queija de la Vega, un joven fibroso de apenas metro
cincuenta de estatura, nació el 26 de marzo de 1900 en el pueblo de Minas de
Riotinto (Huelva). Tenía 7 hermanos. Poeta aficionado, había ganado algunas
pesetas como camarero antes de alistarse en el Tercio de Extranjeros, al que
llegó en octubre tres ver un cartel de reclutamiento de la Legión Española. Un
pasquín en el que se podía ver la silueta de un combatiente bajo el siguiente
rótulo: «Alistaos en el Tercio de Extranjeros». Junto a este, se incluía una
extensa información sobre las pagas y las bondades de la nueva unidad: «En la
Legión encontraréis un buen haber, primas de enganche, comida sana y abundante,
excelente vestuario…».
A la vista de las condiciones ofrecidas, Baltasar decidió hacer el petate y unirse para combatir en África. Con una prima de enganche de 700 pesetas, el 9 de octubre de 1920 el nuevo caballero legionario firmó un compromiso de cinco años. Antes de embarcar recibiría 2,5 pesetas diarias como viático, suficiente para la manutención hasta llegar a Algeciras, donde embarcó rumbo a Ceuta.
La Legión de Extranjeros en que se encuadró había sido creada por el coronel Millán Astray tan solo unos meses antes de la llegada del cabo Queija. La unidad había sido fundada en un intento de reducir la cantidad de soldados de leva obligatoria que morían por falta de experiencia para enfrentarse a los rifeños en las duras condiciones del norte de África (quien podía se libraba de ir al frente abonando la nada despreciable cantidad de 1.500 pesetas). El Tercio de Extranjeros seguía el ejemplo de la Legión Extranjera francesa e incluía en su ideario algunos rasgos del código samurái. Por tanto, no había restricciones para enrolarse en la unidad; daba igual ser español que marroquí. De hecho, Millán Astray jamás despreció a los extranjeros, pues consideraba que «cada africano vale por dos soldados españoles», debido a su adaptación al terreno.
A su llegada a tierras africanas, se encuadró en la 6ª
compañía de la II Bandera. Allí se hizo cargo de una ametralladora Hotchkiss de
7 mm, un arma por toma de gases, sencilla y con un mecanismo fiable. Estas
armas, sin embargo, necesitaban munición de mayor calidad que la de los rifles
de cerrojo, a pesar de tener el mismo calibre. Ya en Ceuta, escuchó del mismo
Millán Astray unas palabras que le impactarían profundamente:
¡Venís a morir! La Legión os abre sus puertas, os ofrece
olvidos, honor y gloria. Vais a enorgulleceros de ser legionarios. Podéis ganar
galones y alcanzar estrellas. Pero a cambio lo tenéis que dar todo sin pedir
nada. Los sacrificios han de ser constantes y los puestos más duros y de mayor
peligro serán para vosotros. Combatiréis siempre y moriréis muchos. ¡Quizás
todos! ¡Caballeros legionarios! ¡Viva el Tercio! ¡Viva la muerte!
El 7 de enero de 1921 perdió la vida el cabo Baltasar Queija
de la Vega, primer caído de la Legión Española durante las campañas en
Marruecos. En ese fatídico día, su escuadra se encontraba protegiendo un
servicio de aguada en el campamento de Zoco Arbaa, en Beni-Hassan, cuando fue
sorprendida por un ataque inesperado por parte de un grupo de cabileños
hostiles.
En plena emboscada, el cabo se vio rodeado por varios
enemigos que intentaban arrebatarle su arma. Se defendió con coraje y
determinación. Lamentablemente, las heridas recibidas terminaron por ser
fatales. Su acción logró facilitar el fuego de sus compañeros, lo que hizo huir
a los asaltantes. Su cuerpo, con el fusil asido en su pecho, se recuperó para
recibir sepultura como el primer héroe caído de la Legión tras un solemne
funeral. En uno de los bolsillos de su uniforme se encontraron unos versos
cargados de emoción, versos sirvieron de inspiración para la canción «El novio
de la muerte».
Somos los extranjeros legionarios
El Tercio de hombres voluntarios
Que por España vienen a luchar
Millán Astray, por su parte, también exaltó la heroicidad del
caído.
Fieles al juramento, al lema legionario y al honor militar,
cuando llegó la hora del supremo sacrificio lo consumaron con heroico
desprendimiento. Su bandera es ya gloriosa, sus hazañas son de todos conocidas;
la Medalla Militar penderá arrogante en su sagrada insignia patria. ¡Salve,
legionarios que disteis la vida por España! ¡Todos se descubren respetuosos
ante vuestro inmortal recuerdo! Baltasar Queija de la Vega, el joven poeta, fue
el primer legionario que murió en combate. Era un niño, de inteligente mirada y
espontánea presteza. Hizo los versos, de todos conocidos, de exaltada pasión y
espíritu guerrero; fue el trovador de la II bandera, y cantó, como el cisne,
para luego morir.
