Febrero de 2026 quedará grabado en la memoria colectiva como
uno de esos meses en los que la naturaleza decidió recordar a los españoles lo
frágiles que somos ante su fuerza.
En las páginas de Tribuna Benemérita hemos contado miles de
historias de servicio, sacrificio y entrega. Pero hay un hilo conductor que
recorre toda la historia de nuestro Instituto desde su misma fundación en 1844:
la presencia constante y abnegada de la Guardia Civil en las grandes
catástrofes que han golpeado a nuestro país.
No es un complemento a su labor de seguridad. Es parte
esencial de su ADN. La Cartilla del Duque de Ahumada ya lo dejaba escrito con
claridad meridiana: en avenidas de ríos, huracanes, temblores de tierra o
cualquier otra calamidad, el guardia civil prestará cuantos auxilios estén a su
alcance.
Y así ha sido, desde el primer día.
Apenas meses después de su creación, en diciembre de 1844,
los guardias civiles ya se jugaban la vida en las inundaciones de Barcelona. En
1848 salvaban a los náufragos de la goleta británica Mary en la desembocadura
del Guadalquivir. En 1850, los guardias Pedro Ortega y Antonio Giménez se
convertían en los primeros mártires del Cuerpo en acto humanitario: murieron
ahogados en el barranco de Bellver tratando de rescatar a unos viajeros. No
combatían bandoleros. Socorrían a sus compatriotas.
En la Nochebuena de 1884, mientras España celebraba, la
tierra tembló con violencia en Granada y Málaga. La Guardia Civil fue de las
primeras instituciones en llegar, rescatando heridos entre los escombros y
organizando la ayuda. Apenas unos meses después, en la devastadora epidemia de
cólera de 1885, sus hombres volvieron a estar en primera línea, auxiliando
enfermos y manteniendo el orden en poblaciones diezmadas.
Tantos fueron esos “innumerables actos y servicios abnegados,
humanitarios y heroicos” en incendios, inundaciones y salvamentos de náufragos
que, en 1929, el Rey Alfonso XIII les concedió la Gran Cruz de la Orden Civil
de Beneficencia con distintivo negro y blanco. Nació así, con pleno derecho, el
sobrenombre que hoy todos pronunciamos con orgullo y cariño: la Benemérita.
Esa vocación no se ha interrumpido nunca. Se ha
profesionalizado, especializado y adaptado a nuevos riesgos, pero su esencia
permanece intacta.
La creación de los Grupos de Rescate e Intervención en
Montaña (GREIM), el Servicio Marítimo, el GEAS (buceadores), el SEPRONA o las
unidades de drones y helicópteros no han sido caprichos modernos. Han sido la
respuesta lógica de un Instituto que siempre ha entendido que proteger al
ciudadano incluye sacarlo de las garras de la naturaleza cuando esta se
desboca.
En las últimas décadas hemos visto esa entrega renovada con
dolorosa frecuencia. Durante la borrasca Filomena de 2021, miles de guardias
civiles trabajaron sin descanso para rescatar a personas atrapadas por la
nieve, abrir carreteras y llevar suministros a pueblos aislados. En la erupción
del volcán de Cumbre Vieja en La Palma, también en 2021, evacuaron a miles de
vecinos, mantuvieron la seguridad en las zonas afectadas y acompañaron a las
familias que lo perdieron todo. Y en la trágica DANA de Valencia de octubre de
2024, hemos vuelto a ver a nuestros compañeros jugándose la vida en aguas
desbocadas, buscando desaparecidos, protegiendo contra el pillaje y consolando
a quienes perdieron familiares, hogares y futuro.
Hemos visto guardias civiles arrastrados por la corriente
mientras salvaban a madres con bebés en brazos. Hemos visto cómo, tras perder a
compañeros, seguían trabajando. Eso no se enseña en ninguna academia. Eso se
lleva dentro.
La Guardia Civil no solo llega a todos los rincones de España
gracias a su despliegue territorial. Llega con el corazón dispuesto. Es el
vecino uniformado que conoce los caminos, los ríos y las montañas de su
demarcación. Es el que, cuando todo falla, sigue ahí.
Esta no es una labor ocasional. Es la expresión más pura de
lo que el Duque de Ahumada quiso que fuera el Cuerpo: una institución que
protege al ciudadano no solo ante el delito, sino de cualquier adversidad que
amenace su vida, su hogar o su integridad.
La Cartilla lo decía con claridad en su artículo 35 de la
Cartilla del Guardia Civil: "En las avenidas de los ríos, huracanes,
temblores de tierra, o cualesquiera otra calamidad, prestará cuantos auxilios
estén a su alcance, a los que se vieren envueltos en estos males" y no
sólo en este artículo se destacaba el servicio humanitario que una vez fundada
ha tenido la Guardia Civil en cualquier catástrofe, el artículo 6º de la mis
Catilla mantenía que "Procurara ser un pronóstico feliz para el afligido,
y el que a su presentación el que se creía cercado de asesinos, se vea libre de
ellos; El que tenía su casa presa de las llamas considere el incendio apagado;
El que veía a su hijo arrastrado por la corriente de las aguas lo crea salvado",
Y lo ha venido cumpliendo durante 182 años de servicio ininterrumpido.
Hoy, en febrero de 2026, esa promesa se ha vuelto a
materializar con más de 11.500 agentes movilizados en una de las operaciones de
emergencia más extensas de los últimos tiempos.
En un tiempo en el que algunos cuestionan las instituciones,
la historia de la Benemérita en las catástrofes es la mejor respuesta posible.
No hace falta defenderla con palabras grandilocuentes. Basta con recordar los
nombres de los pueblos inundados, las montañas nevadas o las tierras arrasadas
por el fuego o el agua donde siempre, invariablemente, ha estado presente el
tricornio.
Como director de Tribuna Benemérita, me enorgullece rendir
este homenaje no solo a los que hoy sirven, sino a las generaciones que nos
precedieron. A aquellos que, sin medios modernos, dieron su vida o su salud por
desconocidos. A los que entendieron que el uniforme verde no solo representa
autoridad, sino servicio humanitario y Espiritu Benemérito.
España puede dormir más tranquila sabiendo que, cuando llegue
la próxima catástrofe —y lamentablemente llegará—, la Guardia Civil volverá a
estar en la brecha. Como ha estado siempre. Como estará siempre.
Antonio Mancera Cárdenas
Director de Tribuna Benemérita
Guardia Civil retirado por accidente en acto de servicio
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