Hay objetos que trascienden su
materia para convertirse en símbolos, y hay símbolos que, a fuerza de historia
y sacrificio, terminan por fundirse con el alma de quien los porta.
Para nosotros, los que vestimos el
uniforme verde, la reciente celebración del Día Mundial del Sombrero, nos
recuerda que nuestro tricornio no es solo una prenda de cabeza; es el resumen
de un compromiso, el testigo mudo de una vocación y el reflejo de una forma de
entender la vida.
Su silueta de tres picos,
inconfundible en el horizonte de nuestras carreteras, en el silencio de los
cuarteles rurales o bajo el sol de las fronteras, es la herencia de un cuerpo
que nació para proteger y servir. El brillo de su charol no es solo estética;
es un espejo donde se reflejan décadas de historia, desde la Cartilla del Duque
de Ahumada hasta el servicio más humilde de hoy. Es el color negro que aguanta
la lluvia del norte, el polvo del camino y el peso de una responsabilidad que
nunca se quita, ni siquiera cuando nos despojamos del uniforme al llegar a
casa.
Pero la verdadera magnitud de esta
prenda no se mide en las horas de servicio, sino en los momentos en que las
palabras sobran. Quienes tenemos el honor de ser guardias civiles sabemos que
el tricornio nos acompaña en la alegría del deber cumplido, pero también en el
dolor más profundo.
Por eso, nada estremece más el
corazón de un compañero que ver ese tricornio posado sobre el féretro de un
hermano de armas. En ese instante, el charol ya no brilla por el sol, sino por
las lágrimas de quienes lo rodean. Verlo allí, quieto, sobre la madera, es la
imagen definitiva de una misión cumplida hasta el último aliento. Es el símbolo
que dice: "Aquí yace un guardia civil; aquí descansa alguien que dio su
vida, paso a paso, año tras año, por los demás".
Ese tricornio sobre el féretro del
compañero retirado no es un final, sino un testamento. Nos recuerda que, aunque
el hombre o la mujer se marchen, la esencia de lo que fuimos permanece. Que ese
"uniforme verde" no es una ropa que se guarda en un armario, sino una
piel que nos acompaña hasta el último viaje.
Hoy, al recordar ese momento,
renovamos nuestro orgullo. Porque mientras un tricornio siga coronando el
servicio de un guardia, o velando el sueño de quien ya descansa, la Guardia
Civil seguirá viva. Honor, lealtad y memoria: todo cabe bajo esos tres picos
que son, y serán siempre, nuestra guía y nuestro orgullo.
Ese tricornio sobre el féretro es
el testamento de una vida dedicada a los demás. Nos enseña que el honor es un
lazo que une a las generaciones de guardias en un mismo espíritu. Porque, al
final del camino, nos queda el consuelo de saber que el guardia civil no
muere, solo se entrega por última vez.
Artículo de:
JOSE MANUEL
CORRAL PEON
Comandante (R) Guardia Civil
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