El 9 de octubre de 1238, el
rey Jaime I de Aragón entraba en la ciudad de Valencia poniendo fin a varios
siglos de dominación musulmana. Fue una larga operación que se prolongó durante
siete años y que aún se extendería más hasta reconquistar todo el levante
español.
Valencia no era una pieza
fácil. Desde mucho tiempo atrás figuraba entre las grandes ciudades de la
península. Este enclave íbero, romanizado después como Valentia Edetanorum,
abandonado y reconstruido sucesivas veces, llevó una vida bastante opaca tras la
conquista musulmana, pero hacia el siglo XI ya había aquí un esplendoroso reino
taifa y durante algunos años fue la capital del Cid. Después Valencia vivió lo
mismo que toda la España andalusí: la hegemonía almorávide, las grandes
convulsiones de las segundas taifas y, al fin, la caída bajo la órbita
almohade. Pero también el poder almohade, definitivamente quebrado en Las Navas
de Tolosa, se descompuso en un sinfín de querellas intestinas, y una de ellas
afectó precisamente a Valencia. Una de las facciones se mostró dispuesta a
colaborar con los cristianos y Jaime no lo dudó. Fue una operación lenta,
metódica, sistemática, que pasó por la conquista paulatina de las fortalezas
que permitían controlar el territorio: Segorbe, Morella, Ares y, acto seguido, por
la ocupación de las tierras llanas y los cultivos, para cerrar toda fuente de
suministros a los sitiados. Entonces llegó el momento del asalto final.
Dice la tradición que una
noche, durante el asedio de Valencia, el rey Jaime se despertó atraído por un suave
toque de tambor junto a su tienda. El rey buscó el origen de aquel ruido y
descubrió que un murciélago rozaba sus alas sobre la piel del tambor. Desde
entonces el murciélago figura como animal heráldico de las tierras valencianas.
Jaime repobló el territorio con caballeros aragoneses y navarros, y convirtió
Valencia en reino singular y diferenciado, con sus propios fueros. Un siglo
después, Valencia sería el centro comercial y cultural más importante de la
Corona de Aragón. El rey Jaime moriría precisamente en Valencia, en 1276,
después de reinar sesenta y tres años.
