La rebelión de las Germanías fue un conflicto que se produjo
en los reinos de Valencia y luego se extendió a Mallorca a comienzos del
reinado de Carlos I, entre 1519 y 1523 y se desarrolló paralelamente, pero sin
conexión aparente, a la rebelión de las Comunidades de Castilla entre 1520 y
1522. Ahora bien, mientras que los comuneros poseían una organización, unos
líderes y un ideario político, la Ley Perpetua, a modo de constitución
liberal para la época frente al absolutismo del emperador, los levantamientos
de las Germanías, o hermandades, fueron protestas sociales espontáneas que
planteaban reivindicaciones económicas pero que nunca llegaron a constituir un
programa político. Los dos movimientos no estuvieron coordinados ni se
influyeron mutuamente. Definitivamente, las Germanías no cooperaron con los
comuneros ni éstos con aquellas.
La rebelión de las Germanías adoptó enseguida características propias de
revuelta social contra la nobleza, que había huido de la ciudad ante la
epidemia de peste de 1519. Esto se unió a los problemas derivados de una época
de recesión económica y pobreza. Tras la huida de la nobleza, las clases medias
de la ciudad se hicieron cargo de los gremios para regir la capital valenciana.
El rey Carlos I estaba, en contra de la legalidad y de la opinión y de
castellanos, aragoneses y valencianos, en Aquisgrán, concentrado en su
coronación como emperador.
La palabra germanía, que viene de germà, hermano en valenciano, era
el sistema de reclutamiento que se organizó en Valencia y Mallorca, para
defenderse de las incursiones piratas, similar en misiones a las Hermandades en
Castilla y que les permitía disponer de armas. El movimiento sufrió una
radicalización progresiva y la rebelión contras los nobles se extendió a la
huerta, con saqueo de tierras y haciendas, y a otras poblaciones y núcleos
urbanos del reino, constituyéndose juntas revolucionarias.
Los rebeldes expulsaron al virrey de Valencia, Diego Hurtado de Mendoza y
Lemos, que huyó a Denia. Sin embargo, las tropas leales al Emperador organizaron
dos focos de resistencia: uno, al norte, capitaneado por Alonso de Aragón,
duque de Segorbe y otro al Sur en Orihuela, dirigido por el propio virrey,
conde de Lemos.
La rebelión careció de base social definida. Realmente fue
una alianza de grupos inconexos que expresaban diversas protestas contra la
jurisdicción señorial, contra la competencia de mano de obra mora, contra la
administración local y contra la carga fiscal. A esto se unieron algunos rasgos
revolucionarios y de oposición a las estructuras estamentales existentes.
Toda esa amalgama acabó en una falta de cohesión frente a la sólida oposición
de la nobleza y tropas leales al emperador más organizadas, lo que acabó con la
rebelión. La nobleza y el clero prestaron su apoyo unánime a Carlos I, al igual
que sucedió en el movimiento comunero de Castilla, y ello derivó en la derrota
de comuneros y hermandades. A partir de este momento, todas las preocupaciones
de Carlos I vendrían de Europa y no de la Península Ibérica.
