Después de que Andrés de Urdaneta descubriera una ruta segura
para volver a México partiendo de las islas Filipinas, se creó una conexión
estable entre Manila y Acapulco con un galeón que, tras llegar a Asia
procedentes de América, cargaba en sus bodegas especias y porcelanas para
revenderlas en el continente americano.
El viaje era largo y peligroso y no siempre bastaban las
provisiones embarcadas, por lo que muchos marineros morían de escorbuto o por
mala nutrición. A esto había que añadir el riesgo de un ataque por parte de
piratas, aunque a decir verdad en los 250 años de duración de esta ruta solo se
perdieron por este motivo cuatro galeones.
La necesidad de encontrar un primer fondeadero en la costa
americana impulsó a los españoles a explorar las costas de California en busca
de un puerto o una bahía donde detenerse para reaprovisionarse de víveres
frescos y agua potable antes de la última etapa hasta Acapulco.
Entre 1565 y 1815, 110 galeones de Manila recorrieron este
tramo de mar, desarrollando un importante flujo comercial que incluía especias
(pimienta, clavo y canela), porcelana, marfil, laca y tejidos (tafetán, seda,
terciopelo, raso), recogidos en las islas de las Especias y la costa asiática
del Pacífico.
También transportaban objetos de artesanía china, biombos
japoneses, abanicos, espadas japonesas, alfombras persas, vasijas de la
dinastía Ming y un sinfín de productos.
Luego, los cargamentos eran transportados por tierra a través
de México hasta el puerto de Veracruz, en el golfo de México, donde eran
reembarcados en la flota de Indias en dirección a España.
La mayor parte de los galeones de Manila se construían en los
astilleros navales filipinos.
El coste medio por galeón era de 78.000 pesos y eran
necesarios al menos 2.000 árboles.
Los astilleros navales estaban en Cavite, una ciudad
portuaria en una península de la bahía de Manila.
Fuente Facebook: España, Luz de Trento
