martes, 25 de julio de 2023

LA BATALLA DE COVADONGA

Dicen que el cadáver del rey visigodo don Rodrigo nunca fue hallado, tan solo su caballo, cubierto de joyas y atrapado en el fango del campo de batalla de Guadalete. Allí pereció la flor y nata del ejército visigodo y, a los pocos años y tras algunos enfrentamientos más, la práctica totalidad de la Península estaba en manos de los invasores venidos del norte de África. Derrotados y perseguidos –a decir de la crónica de Alfonso III– los godos «sucumbieron, unos al filo de la espada y otros a los impulsos del hambre».

Sin embargo, tanto las crónicas árabes como cristianas refieren que, al poco de culminarse la conquista islámica de la Península, estalló una revuelta en las montañas del norte. La rebelión debió de producirse en torno al año 718, o poco después. En efecto, las crónicas musulmanas refieren que uno de los valíes (gobernadores musulmanes de al-Ándalus) llamado Anbasa (721-725), duplicó el monto de los impuestos que debían pagar los cristianos, lo que provocó que estos se sublevaran en varias zonas peninsulares. Las crónicas mencionan al líder de esta revuelta en Asturias, Pelayo, de quien una fuente cristiana dice que antes había sido «espatario» (jefe de la guardia palatina) de los reyes godos Witiza y Rodrigo, mientras que otra fuente afirma que tenía «estirpe regia», es decir, estaba emparentado con los reyes visigodos.

Según las crónicas, Pelayo logró escapar de su cautiverio cordobés y regresó al norte. Los musulmanes enviaron un contingente para apresarlo, pero sin éxito. Pelayo reunió a todos cuantos le fue posible, fue elegido príncipe y se alzó en armas contra Munuza.

Un ejército andalusí, liderado por Alqama, viajó desde Córdoba para sofocar el levantamiento. El encuentro entre ambos ejércitos se produjo en la sierra de Covadonga, en las proximidades de la cueva-santuario que la tradición reconoce como escenario del enfrentamiento. Y es que, según esta misma, los pelagianos se refugiaron en la gruta, mientras que los musulmanes se limitaron a lanzar proyectiles que «milagrosamente» rebotaban y provocaban bajas entre los suyos. Casi con toda probabilidad se trata de una mitificación de una batalla que, en realidad, se produjera en el valle, próximo a la cueva pero no en la propia cueva.

Fuera por el viento o por intercesión divina, lo cierto es que el contingente musulmán fue derrotado y la rebelión de Pelayo pudo prosperar, lo que permitió la aparición y supervivencia de un Estado independiente y refractario de Córdoba que, con los años y tras innumerables peripecias, acabaría plantando el germen del reino de Asturias. De este modo, un hecho en apariencia irrelevante, como fue la derrota de un pequeño contingente musulmán en la batalla de Covadonga, acabaría teniendo una extraordinaria repercusión en la historia peninsular.